Fue la única española en ganar el título de Miss Universe
y la única en rechazar la ansiada corona en la historia del certamen

El desamparo de Amparo

 

La vi por primera vez en La otra alcoba. Lo recuerdo perfectamente porque fue una de las primeras escenas de sexo explícito que contemplé en televisión. La película de Eloy de la Iglesia, rodada en 1976, tenía dos rombos, y en su momento me pareció muy excitante. En pleno orgasmo, Amparo Muñoz arañaba como una posesa la espalda de Patxi Andión. En la vida real ella acababa de ser elegida Miss Universo y él era el cantautor de moda. Menudo morbo. A mediados de los 90, rodeada de una parafernalia de cables y sensores, volví a verla en La máquina de la verdad. Julián Lago le preguntaba si había salido de la droga. “No conteste todavía; hágalo después de la publicidad”, sugería con profesionalidad, mirando a la cámara. La acusada obedecía como un gorrión asustado. Amparo o el desamparo.

De aquella máquina podía esperarse cualquier cosa, como que fabricase mentiras, pero acabó certificando que la actriz se había quitado. La audiencia, por las nubes. Morbo total. Gracias a aquella prueba irrefutable España respiró aliviada, y ella pensó que la lapidación había llegado a su fin. Se equivocó. Pasó ocho años “perdida” para el cine. “Desde que en 1990 se publicó que me estaba muriendo de sida, nadie había vuelto a confiar en mí”, recuerda.

Ahora iba a conocerla en persona. Con esos tres vagos recuerdos rondándome en la cabeza me dirigí en taxi al estudio fotográfico donde habíamos quedado. Atrapado en un monumental atasco, los termómetros de Madrid derretidos, decidí repasar una carta que Amparo envió el pasado mes de junio al periódico La Razón para desmentir unos comentarios del periodista rosa Jesús Mariñas. La actriz le exponía su queja en estos términos: “¡Dios no lo quiera!, dices unas veces. ¡Ojalá me equivoque!, dices otras. Pero, ¿es cierto?, ¿de veras quieres equivocarte cuando afirmas que he vuelto a las andadas?, ¿quieres que Dios evite que vuelva a caer en el infierno de la droga como insinuaste desde Tómbola el pasado jueves?”.Terminé de leer la misiva remitida a Lengua Viperina y subrayé una frase del artículo de Francisco Umbral La bella que nunca existió, publicado en enero de 1990, cuando se daba por hecho que nuestra Miss Universo agonizaba en un hospital madrileño: “Siempre la respetaremos por su quebradiza y obstinada voluntad de encontrarse”. ¿Seguiría buscándose a sí misma?

Un inciso. Tras romper con su último novio (el fotógrafo Daniel Tortajada, 17 años más joven, con el que ha convivido tres años en Valencia), ha decidido reanudar su vida laboral en Madrid. Desde hace dos meses vive en un piso de alquiler “dispuesta a empezar desde cero”. En medio de la mudanza, la revista ¡Qué me dices! la pilló en Marbella en actitud cariñosa con Rafa, el hermano de Dinio, un cubano famoso por: a) haber salido con Marujita Díaz, b) lucir una poderosa entrepierna en Interviú y c) repetir hasta la saciedad que la noche le confunde. “¿Confundida yo? En absoluto”, explica Amparo. “Sé muy bien con quién ando. Me parece terrible que porque deje a mi novio y se publiquen unas fotos robadas donde salgo con Rafa, un tío majísimo, se interprete que he vuelto a las andadas”. A la semana siguiente, Viperina le pidió perdón en directo con un beso.

Cuando llego al estudio fotográfico, ya la están maquillando. “Divina, divina, divina”, repite alborozado el estilista. Amparo (Vélez-Málaga, 1954) suelta una carcajada ronca mientras me guiña desde el espejo. “Hola”. “Hola”. Le sientan bien los vaqueros, la camisa estampada y las gafas de cristales rosados. A un metro de distancia su presencia, más que perturbadora, resulta inquietante. No aparenta ser una señora de 47 años, pero su rostro –surcado por una biografía tumultuosa de amores, viajes, cámaras, divorcios, portadas, drogas, éxitos y lágrimas– no puede ocultar que ha vivido desmesuradamente. Durante cuatro horas, los piropos se intercalan con los flashes mientras va ganando en seguridad y perturbación. Cuando Amparo mira desde la profundidad de sus ojos verdes desnuda su alma en un lento striptease. Después de cambiarse tres veces de traje, sin dejar de fumar como una carretera, acaba rendida. “¿Te importa que dejemos la entrevista para mañana? Tengo molestias menstruales”, se excusa.

Me cita el sábado por la tarde en su casa. “¿Quieres agua? Es Solán de Cabras”, dice dirigiéndose a la cocina. Observo el salón. Tiene un aire provisional. Dos láminas de Klint. Sillones de segunda mano. Una maleta a medio deshacer en su habitación. El ventilador remueve las hojas de un guión que le acaban de mandar, El tiempo que nos queda. “Parece bueno”, explica. “Es de un nuevo director que quiere empezar a rodar en agosto. Lo estaba subrayando, pero voy a descartarlo porque necesito más de tiempo para preparar bien mi personaje y porque me parece ofensivo lo que me quieren pagar”. ¿Cuánto? “Me da vergüenza decirlo”. ¿Cuánto?, insisto. “Trescientas cincuenta mil. Me están insultando. Cualquier actriz desconocida cobra eso por una sola sesión”.

Proyectos no le faltan. En septiembre empieza a rodar un programa piloto para una serie de televisión y en octubre dará vida a La mujer del espejo de Luis Valdivieso, un viejo amigo que fue ayudante de dirección de Eloy de la Iglesia. “Es un thriller donde hago de una señora estupenda que es engañada y manipulada. Al final sale victoriosa”.

Primogénita de una familia de seis hijos –la madre ama de casa y el padre profesor de forja–, jamás tuvo tratamiento de princesa en su humilde casa de Vélez-Málaga. Ningún privilegio por ser la más guapa. De niña se crió con sus padrinos, que no tenían hijos. Se recuerda “solitaria, tímida, alegre, muy ingenua..., y bastante mona, ja, ja. Cuando iba caminando por la calle la gente se volvía para mirarme”. En la academia donde cursó hasta cuarto de bachillerato sólo hizo robonas en una ocasión: para ver la primera película de su vida. “Fui sola al cine Astoria de su ciudad natal para ver Un hombre llamado caballo. Me deslumbró. En aquella época mis actores preferidos eran Elisabeth Taylor y Marlon Brando; ahora me gustan Susan Sarandon y Brad Pitt”. Con 17 años ganó su primer sueldo como dependienta en los grandes almacenes Mérida. Luego trabajó en una boutique francesa y pasó modelos en centros comerciales de Andalucía. Gracias a su insistencia se colocó como secretaria en una empresa de publicidad de vallas exteriores de la que su progenitor era socio. El director del periódico Sur de Málaga, donde ella iba a poner los anuncios, le animó a presentarse a Miss Costa del Sol, evento que el diario promocionaba.

–¿Por entonces no era consciente de su belleza?

–No, yo no me veía guapa. Empecé a verme guapa cinco años después de ser Miss Universo. Un día, Antonio Asensio, el que fuera presidente del Grupo Zeta, me invitó a una cena y me ofreció un contrato de cinco películas. Aquella misma noche, cuando llegué a casa, al quitarme el maquillaje me dije: “Coño, pues realmente no estoy nada mal”.

–¿Y ahora cómo se ve?

–Como una chica normal de 47 años. Porque me veo como una chica, no como una señora, ¿eh? Todo el país me dice que estaba enamorado de mí. Pero cuando iba de bella oficial recorriendo el mundo, no me enteraba de nada.

–Estos días he estado hablando acerca de usted con directores de cine con los que ha trabajado. La ponen de fascinante para arriba. Los críticos tampoco la olvidan; Carlos Boyero, por ejemplo, me dijo: “Sigue teniendo mucho morbo. Ha pagado el tributo de la autodestrucción, pero me sigue poniendo el cerebro y la polla durísimos”.

–(Carcajada sexual). Me parece un piropo genial. Me halaga profundamente.

Contra su pronóstico, en 1973 fue coronada Miss Costa del Sol y Miss España. “A mí estos concursos siempre me han parecido una utilización de la mujer”, responde cuando le pregunto si hoy no se sonroja al advertir el tufo a feria de ganado de estos rancios eventos. “Me parece lícito que una chica los utilice como trampolín, pero yo me presenté a rastras. No aspiraba a ser actriz”. Su destino cambió cuando el productor José Luis Dibildos la vio por televisión durante su coronación y le dio un papel en Vida conyugal sana, dirigida por Roberto Bodegas. En su debut no hablaba. Encarnaba a la protagonista de un anuncio que obsesionaba a José Sacristán. De una presencia muda pasa a protagonizarClara es el precio (1974), de Vicente Aranda. “Hacía de mujer casada que en sus ratos libres trabajaba como actriz porno”. De la principiante, Aranda resalta su “belleza e impresionante fotogenia. Tenía condiciones y las sigue teniendo. Antes del estreno las entradas subieron a 100 pesetas, pero eso no impidió que fuera la película mía que más ha recaudado, por encima de El Lute. Y eso se debió al morbo que despertaba Amparo”.

Un reinado tortuoso.En julio de 1974 ganó el certamen de Miss Universo, celebrado en Manila. Pocas veces el orgullo patrio estuvo tan inflado. Aquella España gris tenía de repente una imagen guapa de cara al exterior. La más bella que pudiera soñarse, a pesar de que la lozana andaluza (con medidas 84–56–84) lucía unas piernas rollizas que hoy no se ajustarían a los cánones de moda. Tras seis meses de tortuoso reinado, durante los cuales le diagnosticaron una depresión nerviosa, en enero de 1975 se plantó, “harta de ser tratada como una muñeca”. Fue la única española en ganar este título y la única en rechazar la ansiada mitra en la historia del certamen.

Al año siguiente rodó junto a Patxi Andión la citada película de Eloy de la Iglesia. El director guipuzcoano, que conoció como ella el infierno de la droga (empezó a consumir heroína cuando rodaba El pico), presintió que “tras las tiranteces de la pareja había una terrible atracción física”. La miss y el cantautor se casaron, al mes del estreno, en una ermita de Navarra. “Recuerdo que no se sentía cómoda exhibiéndose”, afirma De la Iglesia, para quien su antigua musa “tiene unos silencios, una mirada y un cruzarse de brazos muy turbadores. Pero su atractivo está más en la sexualidad que reprime que en la que extrovierte. Ahora la veo con mucha ilusión por recuperar el tiempo perdido; se siente con más facultades profesionales que nunca”.

A Patxi Andión le llamaba El triste. No pudo soportarlo y se separaron al año y medio. “No me dejaba

desarrollarme. En aquel momento me llovían los contratos, pero empezó a crearme una inseguridad tremenda diciéndome que era mala actriz. Me cortó las alas. En medio de aquella turbulenta relación me quedé embarazada y tuve un aborto espontáneo. Creo que mi cuerpo se quebró y rechazó a la criatura”. Antes del divorcio había conocido al productor Elías Querejeta, con el que convivió dos años. Tras la ruptura siguieron siendo grandes amigos. “Junto a mi padre, Querejeta ha sido uno de los hombres más influyentes en mi vida. Ahora confiesa que se arrepiente de no haber tenido hijos. “No soy estéril, pero nunca encontraba al padre adecuado. La mayoría de los hombres se han acercado a mí para explotarme”.

En 1979 rodó a las órdenes de Carlos Saura Mamá cumple cien años, donde interpreta a una nieta moderna sexualmente liberada, papel por el que ganó el premio a la mejor actriz secundaria en el Festival de Bruselas. “Amparo parecía como de otro planeta; podía mirarla durante horas”, comenta Saura. Un año después protagonizó Dedicatoria, de Jaime Chávarri, que junto a Mamá y Familia, de Fernando León, son las preferidas de su filmografía. A Chávarri le da igual que le acusen de machista: “Quitaba el aliento. Y no es que fuera provocativa; estaba en su esencia ser así”.

Su etapa más oscura. Conquistadora nata, pronto se rodeó de amistades peligrosas. Flavio Labarca, anticuario chileno acusado por tráfico de estupefacientes, se convirtió en su segundo marido. Se casaron en Bali en 1983 por el rito hindú dharma, sin validez en España, y se separaron un año después. Se dijo que con Flavio empezó a experimentar con las drogas. ¿Cierto? “Sí, él me inició, pero uno se mete en la droga porque quiere. Empecé a tontear por desconocimiento, por falta de información. Tuve muchas decepciones personales y profesionales, lo pasé mal y me agarré a eso. Que tuviera éxito y que fuera guapa no significaba que fuera feliz. Poco a poco me fue pesando que a los directores les importara un bledo si lo hacía bien o mal. Sólo con la belleza les bastaba. Querían dejarme en bolas a toda costa”.

–¿Alguna vez llegó a odiar su propia belleza?

–Sí, en un momento de locura llegué a decirme: me rajaría la cara. A veces los desnudos se rodaban a lo bruto; era como una violación continua. La belleza me abrió puertas, pero también me acercó al precipicio.

En 1987 fue detenida por la policía en Barcelona durante la Operación Primavera, supuestamente acusada por tenencia de heroína. En julio de 1989 unos desconocidos la propinaron una paliza por un ajuste de cuentas, por lo que fue ingresada con múltiples contusiones. Su adicción a las drogas dio lugar a todo tipo de rumores hasta que, el 14 de enero de 1990, el Ya publicó el terrible titular: “Amparo Muñoz, Miss Universo, al borde de la muerte”. En el antetítulo se especificaba que estaba ingresada en el Hospital Clínico de Madrid, donde le habían sido detectados anticuerpos del sida. Durante una semana, Amparo Muñoz mantuvo en vilo a toda España. El semanario Tribuna reseñaba que “la psicosis se ha despertado no sólo en los ambientes nocturnos en los que se movía la actriz, sino también entre quienes han trabajado con ella en sus últimas películas”.

A ella le sorprendió la falsa noticia en el hotel Málaga Palacio junto a su novio de entonces, Víctor Rubio (se casaron en 1991 y se separaron tres años después), y en lugar de salir al paso de las especulaciones, decidió esperar y vender la exclusiva sobre su perfecto estado de salud a ¡Hola!: “Como podéis ver, no me estoy muriendo”, declaró, si bien en las fotos aparecía con unas profundas ojeras.

–¿Por qué dio pábulo a esos rumores?

–Quise hacer una rueda de prensa porque estaba acojonada, pero un amigo me aconsejó que aclarara todo en ¡Hola! La que publicó el rumor fue la hija de puta de Rosa Villacastín. A mi madre la llamaban y respondía: “¿Pero ustedes piensan que si mi hija se estuviese muriendo yo iba a estar en casa haciendo punto?”. Era tal la psicosis que hasta yo misma llegué a creer que tenía sida. El médico me dijo: “Amparo, hazte la prueba y sales de dudas”. Él mismo se sorprendió: “No sólo no tienes el sida, sino que ni siquiera tienes anticuerpos. Estás completamente sana”. Me eché a llorar”.

Al cabo de once años, responde al juicio sumarísimo: “Me trataron fatal. Hicieron de mí un personaje que no tiene que ver conmigo. La vida no me la ha destrozado la droga, gracias a Dios. Pero de esto aún no he salido. Todavía no lo tengo superado”, explica con lágrimas en los ojos.

–¿Y luego?

–Luego pierdo de vista a la gente. Todo aquel escándalo me costó ocho años de profesión, de tener que vender casas, de aburrirme como una mona. Pero poco a poco fui enriqueciéndome por dentro. Empecé a practicar budismo en Málaga y, en 1997, me trasladé con muebles y todo al centro budista karpama Mikyo Dorje, en Gulina, cerca de Pamplona. Viajé a La India y a Nepal. Por primera vez en mi vida me vi centrada. Acabé inscribiéndome en la universidad de Pamplona para mayores de 25 años con la intención de estudiar Filosofía. En clase me repetían: “Pero si eres lista, lo coges todo muy rápido”. Y, claro, hacía tanto tiempo que no me lo decían que me enorgullecía muchísimo. Al final tuve que dejar el centro y regresar al mundo real por un problema familiar. Se ve que ése no era mi camino, aunque creo en el karma.

Su reaparición en Familia, de Fernando León, fue muy aplaudida y le hizo ganar confianza para abordar su primera obra de teatro, La habitación del hotel, con excelentes críticas. Para el director de Barrio, Amparo Muñoz es la actriz más profesional con la que ha trabajado. “Lo que más me gusta de ella es su naturalidad. Con su mirada puede ser muy dulce y muy dura; tiene una mezcla de fuerza y fragilidad, puede ser tan bestia y tan protegible a la vez... Es la bomba”.

Sorprendida por tanto halago, se le pone la carne de gallina. Insiste en que tiene ganas de volver. Pienso en la frase de Umbral: “Siempre la respetaremos por su quebradiza y obstinada voluntad de encontrarse”. Y sospecho que tras el camino recorrido su voluntad es más firme que nunca.

–Cuando hace repaso a su vida, ¿qué cambiaría?

–Buda dice que si las cosas no tienen solución, para qué preocuparse (risas). Yo he vivido mi vida lo mejor que he podido, intentando no hacer daño a nadie. Si a alguien le he hecho daño ha sido a mí misma y a mis padres, que han tenido que sufrir mucho por mí. Siempre le he tenido respeto a todo el mundo, a todo dios, cosa que no han hecho conmigo. Espero que empiecen a hacerlo a partir de ahora.




Muchas gracias a Ademir (Brasil),
Información y fotografías cortesía de www.el-mundo.es

 

 

Anécdota correspondiente al mes de: DICIEMBRE 2004

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